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Viernes 04 de Mayo de 2012
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Domingo, 29 de Noviembre de 2009
 

La telenovela de Mauricio

Hay que rendirse ante lo evidente: la plata no hace la felicidad, aunque cueste creerlo, tampoco ayuda. Quien puede dar sobrado testimonio de esta amarga constatación es el vapuleado jefe de Gobierno de la No Tan Autónoma Ciudad de Buenos Aires.

Mauricio M viene de vivir una de las peores semanas de su vida política. A los implacables embates del infatigable Aníbal F. se sumó en los últimos y fatídicos días, una parentela atribulada, ansiosa por pasar por la lavandería mediática todas las sábanas usadas en dos décadas de amores, odios y confusas pasiones, ahora desatadas.
A esta altura de la saga que le toca protagonizar, M. M. ya debe tener en claro que hay algo peor que ser rico: “ser rico, famoso y tan familiero”
Delfín y heredero del más fotoshopeado de los clanes locales, lindo, formado y sanamente ambicioso, M. M. trabajó duro durante varios lustros para desmarcarse de su papá y jefe de familia, y hay que decir que lo logró y con creces, pero como en las tragedias griegas los esqueletos decidieron abandonar los placares todos al mismo tiempo y vienen dispuestos a comérselo crudo.
La inquietante novela de espionaje que lo tenía como protagonista, devino, en cuestión de horas, en un culebrón desbocado, donde sobra de todo, menos glamour.
Para pasar de una de Maxwell Smart a la Muchacha Italiana que Vino a Casarse sólo medió la irrupción de un personaje de otra tira: Néstor Daniel Leonardo, segundo y legítimo esposo de Sandra M.
Casados como Dios manda en la Catedral de Morón, y aún convivientes pese a tanta desdicha, el cuñado en cuestión no reparó en daños cuando salió con los tapones de punta y el teléfono pinchadísimo en la mano.
El ex mentalista y, conforme dicen los malos, pretendido sanador, no dudó en sostener ante el juez y reconfirmar ante los medios que un Macri lo mandó a espiar utilizando los servicios de spy-delivery incrustados por una mano negra en la infraestructura porteña.
Auxiliar de enfermería y parapsicólogo, el segundo marido de la hermana mayor de Mauricio, no tuvo tiempo de sentarse a esperar que truene el escarmiento: los rayos y centellas no se hicieron esperar.
La carta pública de Franco que lo trató de “cazafortunas” y protagonista de “actividades sectarias” y el inmediato, posterior y confuso episodio de sangre que lo mandó a un hospital, no lograron desalentar la irrupción en la escena, ya en sí misma desfavorable para el jefe de Gobierno, de Marie France Peña Luque.
“Para los Macri, las pinchaduras telefónicas son moneda corriente, para ellos es lo más normal del mundo”, descerrajó para arrancar la otrora princesa de los noventa.
Todavía legalmente casada, aunque separada de hecho de Mariano Macri y madre de dos varones que llevan ese sacrosanto apellido, una de las más vistosas y fotografiadas del clan no se privó de hacer uso de su postergada pero siempre latente libertad de expresión.
Apoltronada en las escenografías de Mauro Viale y Chiche Gelblung ventiló todas sus prenditas, de marca pero muy usadas, y dejó en claro que, para el caso de resultar afectada en su integridad física, no menos de veinte DVD con relatos de la familia están ya en manos de influyentes amigos repartidos por el mundo.
Corajuda, si las hay, esta chica de carne, hueso y otros materiales más resistentes, parece haber tomado inspiración en la heroína literaria del momento: Lisbeth Salander, la inefable protagonista de La Reina en el Palacio de las Corrientes de Aire, La Chica que Soñaba con una Cerillla y un Bidón de Gasolina y Los Hombres que no Amaban a las Mujeres. Si le pasa algo que no parezca precisamente un accidente.
Marie France, parece más una damisela de Mario Puzo en la seguidilla que Francis Ford Coppola llevó al cine, que una mala de reparto de Alberto Migré.
Quién todavía no encontró ubicación en el expediente que se tramita por ante el juez Oyarbide es Hugo Valladares, el otro ex. Aunque no faltará quién le esté buscando un lugarcito entre los folios de los escuchadores clandestinos a como dé lugar.
Más tranqui, el primer esposo y padre de los dos hijos de la malamada Sandra, sí tiene su lugar bien ganado en los archivos familiares. Hace apenas unos meses, recibió a los medios, escoltado por sus abogados, para expresar sus penurias.
Ex apicultor, devenido empresario de la floricultura, conoció a la mamá de sus dos hijos varones cuando ambos seguían al gurú Maharishi, la búsqueda filosófica lo hizo encontrar el amor, el matrimonio y también la desventura: el proyecto de familia que acunó terminó abruptamente un fin de semana cualquiera sin mayores explicaciones y el deslinde vino acompañado, según él, por un acuerdo económico de una renta vitalicia que en 2002 le pesificaron unilateralmente.
El hombre la está peleando en los tribunales por ahora con bajo perfil.
Padre amoroso, si los hay, Franco, excluyó de responsabilidades en estos avatares a su queridísima hija. Una precisa descripción de su personalidad la pone al resguardo de la maledicencia ajena: “Mi querida hija Sandra junto a sus muchas cualidades espirituales une desde su más tierna infancia hasta la actualidad elevadas dosis de ingenuidad y candidez, dotes que parecen haber sido un imán irresistible para potenciales cazafortunas y oportunistas”.
Considerando que Sandra está más cerca de sus cincuenta que de los quince, estas tiernas palabras de papá, giradas bajo el formato de carta abierta en los grandes diarios nacionales no deben precisamente haberla reconfortado. A esta altura, a Sandrita, no deben quedarle ni ganas de fantasear con que “la piropee un albañil”. Ni Delia González Marques hizo sufrir tanto a la italianita malquerida que allá por los setenta compuso Alejandra Da Passano.
Es de suponer que Mauricio, agradece no estar incluido, al menos por ahora, en la incontinencia epistolar que en estos días anima a su “franquísimo” progenitor.
Quién sí le dedicó una parrafada, animada de buenos intenciones pero definitivamente demoledora, es su asesor de imagen Jaime Durán Barba, quién sin hesitar aseguró ante los medios que lo que el bueno de Mauri paga es el precio de la inexperiencia. Otro caso explícito de sinceridad brutal. Todos con el inconsciente a la intemperie.
El jefe de Gabinete de ministros del Gobierno Nacional goza de un merecido descanso, otros han venido a tomar la posta. Mauricio ya tiene quién lo zamarree en casa.
Con las secretarias desfilando por los tribunales, tratando de explicar lo inexplicable, el “agente encubierto” descubierto, el “más bueno de los policías” detenido y bajo proceso y la familia biológica y política en llamas, M. M. debería ir buscando un psicoanalista que lo ayude a sobrellevar el peso de tanto desamor.
Eso sí, ojo con volverse a meter otra vez en una película que lo deje mal parado. El recuerdo de Billy Crystal y Robert De Niro en Analízame está todavía demasiado fresco.