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Martes 07 de Septiembre de 2010
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Domingo, 15 de Agosto de 2010
 

El evangelista de las crónicas

Julio Villanueva Chang, fundador de la revista peruana Etiqueta Negra, sostiene que realizar un periodismo que explique acontecimientos y escribir bien se volvieron una necesidad ética

La atmósfera de Lima produce fenómenos extraños. Por las noches, el cielo sobre la ciudad se vuelve rojizo, radioactivo, como si anticipara el fin del mundo, pero al otro día amanece como siempre, y nadie sabe si eso es una bendición para sus habitantes. Todos los días de invierno amanecen grises –todos–, pero no llueve nunca. El clima de Lima es una especie de paradoja: subtropical, desértico y húmedo a la vez. ¿Qué tipo de criaturas crecen en un desierto húmedo de edificios chatos? Criaturas extrañas, improbables.
“Hace poco leí en el correo de lectores de Etiqueta Negra algo terrible”, cuenta Martín Caparrós: “Un canadiense se sorprendía de que semejante revista se hiciera en el Perú. Es lo que uno podría esperar de México –decía– o de Buenos Aires. De Buenos Aires lo podemos esperar sentados. Se llama Etiqueta Negra, se publica en Lima, y es la mejor revista de crónicas del continente”. Aquí, bajo los cielos cargados del desierto, en la capital de “uno de los países de América con los niveles más pigmeos de lectoría después de Haití”, como ha señalado Julio Villanueva Chang, nació “la mejor revista de Nuevo Periodismo”, dice Alan Pauls. Muchas veces, sostiene Pauls, “las cosas más precarias son las condiciones para que las cosas se hagan más puras, más cerca de la idea original que les permitió nacer”.
“A veces Etiqueta Negra luce como un tigre de bengala en un kiosco de periódicos”, decía Chang en 2005, mientras dictaba un taller en Zaragoza, invocando un poema de César Moro. El diseño luminoso, explicaba, era parte de una identidad visual, pero también “una decisión de mercadeo de guerrilla: al no tener fondos para publicitarla, la revista debería ser visible a 10 metros de distancia”. Llevar Etiqueta Negra bajo el brazo “podía evitar que te atropellara un auto”, les aseguraba Chang a sus alumnos españoles. Un recurso elegante para pasar por alto la presunción opuesta, más ajustada a las probabilidades estadísticas, alentado quizá por el hecho de que ninguno de ellos conocía el tráfico de Lima, donde la condición de peatón exige concentración y reflejo para sobrevivir. Es más probable que la revista haya sido un factor de riesgo vial para sus portadores antes que una salvación.

Atracción total
Etiqueta Negra había sido concebida para sujetar a sus lectores por la nariz; para tomarlos por asalto y sumergirlos en el mundo, pero por el otro lado (su lema fundacional, “una revista para distraídos”, nacía de una definición de Octavio Paz: “Distracción quiere decir atracción por el reverso de este mundo”). Era una apuesta apasionante y materialmente suicida por la lectura y la escritura, y tal vez sea inútil insistir ahora, casi una década después del número cero, en las condiciones épicas de su surgimiento. Basta con saber que a mediados de 2001 Chang había convencido a dos hermanos, pequeños empresarios, para que invirtieran su exiguo capital en el proyecto de una revista de non fiction de alto nivel. Y que apenas sí contaban con poco más de los fondos necesarios para imprimirla. “Si se publicara en Nueva York, sería épica. Hecha desde América latina es heroica. Muy pronto será legendaria”, vaticinó el escritor mexicano Juan Villoro.
Es difícil saber ahora a cuánta gente han atropellado en Lima en los últimos ocho años por culpa de la revista, pero lo que es seguro es que nadie imaginó que iba a ser tanta.
Etiqueta Negra sobrevivió para cumplir con el designio de convertirse en leyenda, y ha publicado a escritores, periodistas, ilustradores y fotógrafos entre los más reconocidos de América, Europa, y Asia.
Chang, que a poco de fundar la revista se granjeó fama internacional como el más obsesivo y creativo de los editores de crónicas, al menos tiene una buena coartada: él no sabe manejar.

Distracciones
“No creo en el mito de la espontaneidad”, dice Chang en el living de su casa, en lo que vendría a ser un primer intento, muy amable, de evitar la entrevista. “No hay que ser inocentes: el acto de hacer una entrevista ya es producir una escena de ficción. De algún modo genera una situación teatral”, dirá seis días después, hablando de su trabajo como escritor de perfiles, en un restorán popular de Lima que nunca cierra sus puertas y que, de hecho, no tiene puertas. Pero ahora, en su casa, después de predecir –y acertar– el resultado del partido entre Uruguay y Ghana, Chang dice que ha leído declaraciones suyas que él nunca podría haber dicho. Eso lo pone incómodo: no tener control sobre sus propias palabras. Que lo obliguen a decir apresuradamente cosas que podría decir mejor con más tiempo, y por escrito. El tiempo, se sabe, es el dios pagano de la obsesión por las historias y por los detalles, por las palabras precisas.
“Una de las mayores pobrezas de la prensa diaria –sumada a su prosa de boletín, a su retórica de eufemismos y a su necesidad de escándalo y publicidad– continúa pareciendo un asunto metafísico: el tiempo. Lo actual es la moneda corriente, pero tener tiempo para entender qué está sucediendo sigue siendo la gran fortuna”, escribió Chang en un ensayo sobre lo que supone leer y escribir una crónica en una época de crisis de atención. “Contra lo que suponen los reporteros de noticias”, dice, “un cronista necesita, para poder explicar los fenómenos de estos tiempos, más de obrero que de príncipe (y bastante menos de escritor que de detective). La búsqueda del azar cuesta no sólo tiempo, sino trabajo y dinero. Cuesta que editores y cronistas aprendan a esperar que suceda algo digno de contarse. Cuesta tener la fortuna de estar allí. Y cuesta organizar la impaciencia: a veces la condición imprescindible para publicar una gran historia es aprender a esperar”.
Nueve meses de seguimiento para poder publicar una entrevista de 15 minutos con Messi, la crónica de Leonardo Faccio que ocupa la portada de junio de Etiqueta Negra.
“El autor quería que lo publiquemos en diciembre del año pasado. Yo le dije que necesitábamos más tiempo. Ese tiempo adicional, curiosamente, nos fue acercando al Mundial. No porque el Mundial fuera la ocasión, sino porque la necesidad de conocer más a una persona tan inaccesible como Lionel Messi hizo que eso sucediera”, cuenta Chang con una especie de orgullo oriental, como si acabara de acertar un gol disparado desde muy lejos, impulsado por el instinto, y el desenlace hubiera sucedido a una velocidad pasmosamente lenta. El acierto, de alguna manera, era el resultado del trabajo de Faccio, y de algunas de las convicciones de su editor sobre el trabajo de parto que exige una buena historia, y que lo supone haciendo las veces de partera socrática: “Un editor es un ignorante especialista en hacer preguntas”, dice Chang.

—En el cuadernillo Un día con Julio Villanueva Chang, que resume tu experiencia como editor, vos decís que la edición es un “negocio de místicos sin escuelas”.
—No hay lugares donde se estudie para ser editor. El editor, decía Michael Korda, es alguien al que, cuando algo le gusta, quiere que le guste a todo el mundo. Pero el trabajo más bien consiste en disgustarse, y en tomarse la molestia de evitar que más gente se disguste.
Un editor es un colaborador secreto del autor, un segundo cerebro cuyo trabajo es pensar con él de qué se trata su historia y ayudarlo a ensayar su voz en el texto, pero sobre todo a demostrar su autoridad en el tema. Le ayuda a decir mejor lo que quiere decir. Eso supone darse tiempo para conversar, pero casi nadie se da tiempo de conversar, porque el oficio de editar es decir siempre que no tienes tiempo, y que lo quieres para ayer. Hemos llegado a una época en que los editores están para tener reuniones, para escribir mails a personas que están a tres metros de ellos, y para responder llamadas telefónicas.

—¿Tenías conflictos con los editores cuando trabajabas para El Comercio?
—No, me dejaban bastante libertad. Lo cual es algo que se agradece, pero al mismo tiempo, en algún momento, ya no se agradece, pues tú necesitas que alguien te diga, te pregunte, te critique, y nunca lo tuve. Entonces fue todo absolutamente instintivo. A mí me tenían para contar historias, no para contar noticias. Lo cual no quería decir que lo que yo contaba fuese inofensivo, inútil, o banal. Desde el punto de vista de un periodista duro, lo era. Pero desde el punto de vista de un ciudadano, no. Los acontecimientos no se agotan en historias de corrupción, narcotráfico, guerra y miseria. La mayoría de la gente, sean lectores o no, quieren entender otros fenómenos de la vida cotidiana, que es al fin y al cabo la vida que más les concierne.

—¿Cuándo comenzaste a escribir perfiles?
—Escribí mi primer perfil sin saber que era un perfil. Así como escribí mi primera crónica sin saber que eso se llamaba crónica. Siempre he tenido una curiosidad por la gente, he intentado entender lo que me parece inexplicable, y lo que creo que yo jamás podría hacer. Escribir perfiles es probable que sólo sea un intento de exorcizar las cosas que yo no puedo hacer. Cuando hice el perfil del alcalde ciego de Cali me fui dando cuenta que, en el fondo, no sólo era el asombro de que una ciudad eligiera a un ciego como su alcalde. Me di cuenta que uno de mis mayores miedos es quedarme ciego. Y tal vez quería saber cómo había hecho este tipo, que es ciego por un accidente que tuvo a los siete años, para poder hacer su vida y llegar a ser alcalde de una ciudad. En la ruta de indagación de otros, suelo encontrar una explicación de mí mismo. Eso es lo que le pregunto de cuando en cuando a un autor: ¿Qué tiene que ver esta historia contigo? Me voy haciendo consciente de eso que ignoro, y que tiene que ver tanto conmigo que con una legión.

—¿Qué es lo que llama a la gente a leer un perfil?
—El perfil es el retrato de una persona. A la mayoría de la gente le gusta leer perfiles no porque les guste la lectura sino porque buscan nuevas experiencias. Retratar una persona no es otra cosa que intentar excavar en su experiencia. Un buen escritor de perfiles es así un crítico de personas, y sin proponérselo termina haciendo una historia de autoayuda de alto nivel.