Santa Fe
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Martes 08 de Diciembre de 2009
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Domingo, 29 de Noviembre de 2009
 

Telón de fondo

La urgencia de los pibes por convertirse en hombres

En los 70 era lo mismo. Ir a un recital era lo mismo, una promesa, un riesgo, pero nada ni nadie te podía dejar sin la fiesta, aunque después, a la salida, te esperara la noche en una celda podrida, los gritos de los policías, la agitación, el temor.
Las bandas eran otras, Aquelarre, Pescado, Manal; el rock era otro, distinto, era rebelde, marginal, mal visto, no sólo por las tías, que en cada pelo largo veían una amenaza, sino también por el negocio, que se llenaba los bolsillos con los pasitos de baile de los chicos de “Sótano Beat”, “Alta tensión”, “Música en libertad”.
Los pibes eran iguales. Un día despertaban, cansados de ser “los nenes de mamá” y salían a la calle, a conquistar el mundo, con la entrada de un recital en la mano. Con una guitarra colgada al hombro, rescatada en la pieza del tío, donde hacía tiempo dormía, arriba del ropero, amontonada junto a una pila de pulóveres apolillados que alguna vez habían sido relucientes, una invitación en una tienda del puerto de Mar del Plata. Un viaje hecho a dedo, en la caja de un camión, cantando “Rutas argentinas”, mientras en la radio sonaba, incansable, el tema del verano. Que era tan pegadizo, idiota y comercial como los de ahora y que ya nadie, ni por asomo, recuerda.
Lo que cambió fue el mundo, no la urgencia de los pibes por ser hombres. Nos pasó a nosotros, a vosotros, a ellos, en el Real, la noche en que el Flaco Spinetta cantó con voz de ángel y corazón exterminador “Me gusta ese tajo”. En La Comedia, cuando Nito y Charly le dijeron adiós a Sui Géneris y el rock, desbordante, de tanta política revolucionaria, peronista, se hacía llamar, orgulloso, nacional. Pasó también en El Círculo, algunos años después, cuando la banda de Baglietto, que todavía no era La Trova, ni soñaba serlo, explotó, como sólo podían explotar los “Tiempos modernos”.
De ahí en más las cosas cambiaron. Los milicos, desesperados por llenar las radios de música nacional, le dieron luz verde al rock y las fieras de las discográficas sacaron a relucir sus colmillos afilados, hincando el diente en la carne fresca que, hasta ese momento, había estado vedada. Fue un vértigo que terminó con Tinelli cantando Salir al Sol en la apertura de VideoMatch, Maradona tratando de convencernos de que ganar con trampas era cosa de Dios y Menem posando para los fotógrafos como si fuera el quinto Stone.
¿Qué quedó después de la tormenta? Nada. Nada más que el desierto y sus socios que, contra viento y arena, siguen librando cheques al portador de la luz del rock. A su alrededor, las telefónicas, las cerveceras, las multinacionales que venden gaseosas o discos o sueños imposibles, da lo mismo, siempre y cuando a fin de mes les cierren los números. A su alrededor el estruendo estúpido, pirotécnico, futbolero del rock barrial, que nació en el barrio como “Jugo de tomate” de Manal pero se quedó en la calle, sentado en el cordón de la vereda, tomando una birra, con la mirada perdida en la negrura, porque los pibes, al horizonte, en la Argentina, hace tiempo que no lo ven ni con lentes.
No sé si, como vociferó a los cuatro vientos Botafogo después de la represión en el show de Viejas Locas, la culpa de todo la tienen “las empresas discográficas, medios gráficos, radiales y televisivos, managers y representantes, que dieron difusión a grupos de mierda integrados por seudomúsicos horribles e hijos de puta que desde sus canciones y sus escenarios hablan de que está todo bien con el descontrol, la autodestrucción con la merca, el paco, el alcohol, los psicofármacos”. Pero que no son inocentes, eso es seguro. Tampoco Pity, que dijo que él fue al estadio de Vélez caminando, como un pibe más, y no vio nada, nada más que pibes que iban a una fiesta y policías que querían que la fiesta terminara en paz. Un cuentito más inocente que Heidi.
Lo que sí sé es que en la primavera del amor, cuando Arco Iris cantaba “Mañanas campestres” y los pibes nos sentábamos en ronda a tocar la guitarra, a tomar mate, a cantar “una que sepamos todos”, el Bebe Contempomi no estaba en la televisión. Tampoco Andy Kustnezoff, cínico, restregándose las manos mientras Pity cocina a fuego lento la comida que sacó del tacho de basura porque así, podrida, le pega más. Mientras el minuto a minuto, el nuevo Dios de los adoradores del rating, sube las escaleras al cielo.
Rubén, el pibe que terminó con la cabeza partida cuando iba al recital de Viejas Locas, tenía la entrada en el bolsillo, como nosotros, vosotros, ellos, cuando salimos de casa para ir a ver aquel inolvidable primer recital de rock. Queríamos ser hippies, como los Beatles de Sgt. Pepper, como los Sui, como el Flaco, el eterno. Ahora es igual, los pibes también quieren ser algo, rollingas, piojos, intoxicados, pero no los dejan. Antes, mucho antes de que lleguen al estadio, antes del pogo, antes del banderazo, antes de las bengalas, les vacían la cabeza, los bolsillos, y los dejan en el desierto.