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Jueves, 03 de Diciembre de 2009
 

Barack Obama pone en juego su presidencia en Afganistán

El Presidente de EE.UU. pide ayuda a los aliados para terminar el conflicto y abandonar el país asiático en 2011. Los militares consideran factible el objetivo de ganar la guerra en 18 meses

El objetivo fue claramente fijado: ganar la guerra de Afganistán en 18 meses y volver a casa. Para el Pentágono resulta una misión difícil pero factible. Los congresistas, en la derecha y en la izquierda, expresan serias dudas al respecto pero le darán al Presidente los recursos que solicita. Los aliados parecen alentados por la señalización al fin de un horizonte en un conflicto agotador. Las reglas están establecidas y Barack Obama se juega ahora su prestigio y su presidencia.
Obama apuesta por una considerable escalada militar con el refuerzo de 30.000 soldados y exige a todos resultados para julio de 2011.
“Se trata de una fecha arbitraria que pone en peligro a nuestros amigos en la región; ése no es el camino hacia la victoria”, afirma el republicano John McCain
De todas las críticas que se pueden hacer al discurso que el Presidente estadounidense pronunció en la noche del martes en la Escuela Militar de West Point la única injusta sería la de que la estrategia presentada para Afganistán no es suficientemente audaz y arriesgada. Obama apuesta por una considerable escalada militar con el refuerzo de 30.000 soldados y exige a todos (a los militares, a Afganistán, a la Otán y a sí mismo) resultados para julio de 2011, la fecha marcada para comenzar la cesión de responsabilidades a las fuerzas armadas afganas y para la salida de los soldados estadounidenses.
Las primeras reacciones entre los comentaristas y analistas reflejan lo polémico de la propuesta: la izquierda zarandea al Presidente por ensuciar su reciente premio Nobel de la Paz con esta decisión de profundizar la guerra; la derecha lo acusa de favorecer al enemigo al señalar un límite preciso para el final del conflicto.
Ambas críticas tienen fundamento. Como confesó en su discurso, Obama contaba con ellas por anticipado y decidió obviarlas a favor de un plan que lleva su sello personal y que refleja toda su concepción sobre la defensa de los intereses nacionales. “Como presidente, tengo que contrapesar todos los retos a los que hacemos frente, no puedo permitirme el lujo de atender sólo uno”, manifestó ante los cadetes del Ejército.
En otras palabras, Obama va a hacer el esfuerzo económico y militar que cree necesario para ganar la guerra de Afganistán pero no va a poner en riesgo, como ocurrió en Irak, toda la capacidad de esta gran potencia en ese empeño. “La nación que más empeño tengo en construir es la nuestra”, recordó.
Eso quiere decir que, aún siendo significativo el nuevo despliegue anunciado, el ángulo más reseñable de la nueva estrategia es el del anuncio del fin de la guerra. “Tiene que quedar claro que los afganos tienen que asumir la responsabilidad de su propia seguridad y que Estados Unidos no tiene interés en luchar una guerra interminable en Afganistán”, insistió.
Los militares (y el presidente afgano, Hamid Karzai) tienen, no obstante, una última oportunidad de ganar la guerra. Es difícil, casi una proeza, conseguir en 18 meses lo que no se ha conseguido en ocho años. Pero, al mismo tiempo, tal como lo observa Obama, si 100.000 soldados estadounidenses –la cantidad que habrá en el teatro de operaciones a partir del próximo verano– no pueden derrotar a unas decenas de comandos de Al Qaeda apoyados por una desordenada milicia talibán, quizá no valga la pena continuar con ese esfuerzo indefinidamente.
Nadie quiere de momento, por supuesto, imaginar el escenario de una derrota, pero, como se pudo deducir del intercambio dialéctico en el Congreso entre el secretario de Defensa, Robert Gates, y el senador John McCain, el riesgo de llegar a julio de 2011 sin perspectivas de victoria es una posibilidad cierta.
La secretaria de Estado, Hillary Clinton, también en una comparecencia ante el Congreso, aseguró que “existe plena unidad” dentro de la administración y con los aliados de la Otán para desarrollar la estrategia señalada por Obama.

Falta de entusiasmo
En el Capitolio, por ahora, no se comparte ese entusiasmo. “Tengo la impresión de que lo que estamos haciendo es poner a más marines estadounidenses en las esquinas de las calles de Afganistán donde deberían de estar soldados afganos”, declaró ayer el presidente del Comité de Asuntos de Defensa del Senado, el demócrata Carl Levin. Muchos demócratas apoyan ese punto de vista, igual que muchos republicanos, que respaldan el refuerzo, critican el establecimiento de un plazo.
Pese a eso, Obama tendrá el dinero, pero poco más que eso. Afganistán es ya definitivamente su guerra; no la del Congreso ni la de los demócratas. Es también, eso sí, la guerra de Gates y la guerra de Karzai, a quien Obama recordó en su discurso que “se acabaron los cheques en blanco”.