Las relaciones sexuales a lo largo de la historia
La sexualidad evolucionó junto con la mentalidad. Comenzó como una simple satisfacción del impulso reproductivo. Ocupó lugar en las creencias religiosas. Fue perseguida y reprimida por la sociedad. ¿Cómo es en la actualidad?
Se investigó poco sobre la vida sexual de los seres humanos en la prehistoria. Es probable que la preocupación por la sexualidad no contara demasiado en las primeras comunidades cavernarias. Eso permite deducir, al menos, el modo de vida de pueblos en estado primitivo que subsisten hasta la actualidad.
Hay que pensar en la vida totalmente insegura de los primeros hombres. El sustento debía buscarse día a día en un ambiente hostil. La persecución de la caza y la búsqueda de frutos obligaba a un constante cambio de refugios. Bajo estas condiciones, la unión sexual difícilmente significaba algo más que una satisfacción inmediata par la búsqueda de placer.
La sexualidad pasó a ocupar un lugar importante en la civilización sólo hasta el descubrimiento de la agricultura. Ésta permitió a las tribus establecerse por períodos prolongados en territorios fijos. Así, con menos apuros por sobrevivir, los hombres y las mujeres pudieron por fin conocer con mayor amplitud el goce de reproducirse.
En ese momento, la humanidad estableció una concepción capital para la civilización: identificó a la mujer (que da vida a nuevos seres) con la tierra (que engendra los alimentos). De esta relación simbólica nació un culto a la sexualidad femenina.
Por lo pronto, el hombre recién convertido en agricultor era más creativo y estaba menos angustiado. Creó las artes y la magia. También estaba agradecido con la tierra y con la mujer, que la simbolizaba. Así que ambas recibieron la adoración de los hombres.
Con una visión del mundo menos desesperante, el goce sexual pudo ocupar un papel más importante dentro de la vida social.
La función sexual adquirió entonces carácter de fiesta y ritual. Llevó a elevar el misterio sexual a divinidad. La fertilidad femenina era símbolo más alto de la fertilidad de la tierra, la “madre original”.
Los pueblos de Mesopotamia desarrollaron ritos y festejos para rendir culto a su divinidad protectora de la sexualidad. Más tarde los siguieron los griegos y latinos, que adoraron a la misma divinidad bajo los nombres de Afrodita y Venus, Hera y Juno. Estas diosas representaban, en conjunto, el goce sensual y la preservación de la especie que de él resulta.
La exaltación del sexo
En las culturas helénica y latina el acto sexual llegó a ser una manifestación religiosa. Las orgías dedicadas a Dionisio o Baco, divinidad masculina de la sexualidad, fueron al principio verdaderos rituales del amor. En ellos se ofrecía a los dioses un presente para propiciar sus favores, en forma de fertilidad femenina y terrestre.
Con el correr del tiempo esta creencia perdió su base religiosa y se transformó en exceso hedonista. Es especialmente famoso el caso de las orgías romanas, que llegaron a dimensiones monstruosas durante ciertos períodos de su historia imperial.
En este período se consolidó también la exaltación del potencial sexual masculino, a través de las imágenes divinas como Zeus y, especialmente Apolo. La mitología grecolatina está llenas de las aventuras eróticas de estos personajes, el primero padre de los dioses y el segundo, su hijo predilecto.
La gente veneraba a Apolo como un dios pleno de belleza física y espiritual (era, en cierto modo, el protector de las artes), así como de fortaleza y valor. De su imagen surgió el concepto de belleza apolínea, que marca hasta hoy, con muy pocas variaciones, el prototipo del hombre viril, apuesto y sensual.
Este dios asume simbólicamente las aptitudes del varón llevadas a la perfección, sobre todo como amante. Su relación de conquistas divinas y humanas sólo se compara a la de su padre Zeus. Pero Apolo (o Febo, como lo conocieron los griegos) se acerca más a la simpatía de los mortales porque sus aventuras amorosas no siempre terminaban bien. Cuando, por ejemplo, engañaba al feo Vulcano con su esposa, la bellísima Afrodita, ambos fueron descubiertos y expuestos al ridículo por el marido.
Éste es un rasgo muy humano para un dios, y debió atraerle las simpatías de no pocos amantes que alguna vez fueron, como Apolo, atrapados y castigados.
Otra costumbre del tiempo helénico, venida de Asia, fue la prostitución sagrada. Con ella las mujeres pretendían atraer los favores de las diosas protectoras de su pueblo. Esta práctica también tuvo sus orígenes en el culto a la sexualidad.
La costumbre religiosa señalaba que la mujer debía ofrecer su virginidad y fertilidad a la diosa Venus o a alguno de sus equivalentes. Esto debía realizarse a través de la unión con un sacerdote o un extranjero; el forastero, en este caso, debía pagar a su vez con una ofrenda en especie o en metálico para costear los cuidados del templo de la diosa. Se suponía que la divinidad, en agradecimiento, derramaba sus favores sobre el pueblo de las prostitutas sagradas.
Esa costumbre ritual degeneró en la simple venta del cuerpo femenino, con el pretexto de la religión. A esta situación colaboró la facilidad para acceder a los favores de las mujeres en ciertos pueblos y, sobre todo, el incentivo de obtener recompensas monetarias para las practicantes (no todo el dinero o los objetos que recibían iban a dar al templo).
Era natural que estos excesos ocurran en pueblos dominados por las concepciones helénicas y latinas, cuando las guerras o el desgaste de la sociedad alteraban las costumbres y causaban una profunda ansiedad por disfrutar placeres.


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