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Lunes, 12 de Julio de 2010
 

Publicaron el diario íntimo y las cartas de Horacio Quiroga

La investigadora española Erika Martínez saca a la luz un costado desconocido del genial escritor. “Quiroga no huyó de la civilización; quiso llevarla al centro de la barbarie”, explica

El enigma de Horacio Quiroga sigue abierto. Su obra, como la de otros grandes innovadores, quedó ensombrecida por la de sus propios sucesores. Y su vida, marcada por la tragedia, alimentó infinidad de mitos.
Pero gracias a ello el uruguayo ofrece un raro placer al lector de hoy: el de poder redescubrir a un genio. Para comprenderlo basta con leer al azar un par de páginas de “Quiroga íntimo. Correspondencia. Diario de viaje a París” (Páginas de Espuma), la primera edición en España de las cartas del escritor y del cuaderno que escribió durante su frustrado encuentro con la capital francesa.
“¿Ensombrecido? Quizás sí. Quizás no tenga el puesto que merece dentro de la historia literaria”, explica Erika Martínez, profesora en la Universidad de Granada y encargada de la edición.
“Se puede decir que es el primer cuentista moderno en español. Quiroga es para nosotros lo que fue Poe para el mundo anglosajón”. Para Martínez, Quiroga (1878-1937) “introdujo una renovación lingüística enorme. Se quitó de encima toda la prosa retórica y ridícula del Modernismo y consiguió darles a sus cuentos un estilo rotundo, denso, franco, coloquial... no había nada parecido entonces”.

Frustrado
Y en esa transformación jugó un papel fundamental su viaje a París durante la Exposición Universal en 1900 y, sobre todo, su decepción. “Salió hacia París decidido a recorrer todos los tópicos modernistas y a crearse un personaje: es enfermizo, tiene asma, toma cocaína combinada con heroína para mejorar el asma, se enamora de muchachas lánguidas que ve en el barco, de las adolescentes morbosas...”
Pero “París frustra sus aspiraciones y él se da cuenta de que tenía que seguir por otro camino, que la renovación literaria que quiere llevar a cabo no puede ser con el lenguaje del centro decadente de Europa”.
De modo que a su regreso (“con una larga barba que inquietaba”) se instala en la selva misionera y comienza una renovación temática y lingüística que marcará toda la literatura rioplantense posterior.
“Pienso en toda la serie de escritores latinoamericanos que fueron en los años 20 a París, conocieron el surrealismo y las vanguardias europeas, y luego volvieron a América y escribieron libros fundacionales.
Quiroga fue un pionero, él lo hizo en 1900. Se dio cuenta de que no era en París donde había que escribir, era en la selva misionera”. La investigación permitió a Martínez desmontar varios mitos que rodean al autor. El principal de ellos, asegura, es el de esa selva como una huida de la vida y de la “civilización”.
“Misiones es el epítome de la frontera: frontera entre tres países y frontera entre civilización y barbarie. Quiroga no huyó de la civilización, eso es falso. Quiroga quiso llevar la civilización al centro de la barbarie, y la barbarie al centro de
la civilización”.
Por eso, cuenta, “cuando estaba en la selva hacía experimentos químicos, le interesaba el cultivo de la tierra, la jardinería paisajística, llevaba automóviles, le interesaban las bicicletas... Y viceversa: cuando volvía a Buenos Aires, en su casa de Vicente López, se llevaba los animales: tenía un zoológico montado en su casa”.
Por las cartas del escritor desfila también la bulliciosa vida literaria e intelectual del Río de la Plata. Entre los destinatarios figuran nombres como Leopoldo Lugones, Ezequiel Martínez Estrada, Norah Lange o César Tiempo. “La mitad de las cartas son a profesionales, editores, directores de revista. Quiroga encabezó una generación en Argentina que apostó y luchó por eso, por el inicio de la literatura como oficio.
Empezaron a ganarse la vida con eso. Escribir dejó de ser un privilegio de aristócratas”. El libro concluye con una serie de cartas al ensayista argentino Martínez Estrada que, según Martínez, “son tan conmovedoras y de un alcance que hace pensar que ésa fue su obra de madurez, la que Quiroga escribió mientras decía que ya no quería escribir”.
En la última de ellas, fechada el 9 de febrero de 1937, un Quiroga mermado por la enfermedad escribe: “Ando con una depresión muy fuerte, motivada por el atraso en mi precaria salud (...) deploro como un paraíso aquellos días en que podía caminar, ¡hace tan poco! Todo es relativo”.
Nueve días más tarde, el médico le comunica que tiene cáncer. Quiroga visita a su hija Eglé y luego compra el cianuro con el que se suicida esa misma noche.