Santa Fe
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Sábado 28 de Enero de 2012
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Lunes, 29 de Junio de 2009
 

Un drama en el ojo de los hermanos Dardenne

El Silencio de Lorna, película distinguida en Cannes, es una notable producción de origen belga. El filme se pude ver por la pantalla del Cine América

Los silencios de Lorna son muchos y, para el caso, necesarios; ella habla poco, es cierto, y nada más que lo indispensable. Su vida y sus actividades las han hecho así, callada, reservada, actuando siempre a la sombra de muchas cosas que son convenientes ocultar. Albanesa de nacimiento, se casó con un belga nada más que para obtener la ciudadanía de ese país y así cortar lazos con su Albania natal, donde –se supone- debió padecer muchas adversidades, miserias incluidas. Su casamiento no fue más que un arreglo comercial para obtener a documentación respectiva; pero ella trabaja para un hombre que se ocupa de esas cosas, proporcionar ciudadanía a extranjeros, para lo cual ella debe formalizar matrimonios con inmigrantes de cualquier lugar que también buscan nacionalizarse. Aquel es una especie de rufián y ella algo semejante a una prostituta que está al servicio de una causa, que no es precisamente el sexo.

De esa manera ella se casa hoy y se divorcia más adelante y así sucesivamente, esa es la relación que une a ambos personajes, y de la cual no puede desprenderse. Por eso sus silencios son muchos, por su seguridad y sus complicidades, por ese transitar constante por el filo de la ilegalidad en cada una de sus acciones invariablemente encubiertas.

La cinematografía belga no es cuantitativamente prolífica (El Silencio de Lorna es, por otra parte, una coproducción con Italia, Francia y Alemania), pero hoy en día tiene en los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne a unos de sus máximos representantes. Ellos son los autores de este drama meticuloso que, sutilmente, bucea en la intimidad de sus personajes, en los trasfondos de una realidad y, por lo tanto, de una sociedad en su conjunto. En general, lo hace en lo rincones ocultos de esas criaturas y del contexto que las enmarcas y, por supuesto, las condiciona.

De esa forma, medulosamente, hicieron de Los Secretos de Lorna una película diferente, de las que no abundan, por su contenido y su discurso narrativo. Por otra parte, el año pasado obtuvo en el Festival de Cannes el premio al mejor guión, un mérito que no hizo más que avalar sus merecimientos. Y un reconocimiento al trabajo de estos autores belgas que, sin estridencias y con sobriedad, redondearon una historia de hondo contenido humano y social. Todo un reconocimiento para una cinematografía que, como decíamos, no es de las más prolíficas, pero aun así es capaz de plasmar una obra intimista y profunda a la vez.