“Europa admira a la Argentina después de la crisis del 2001”
A diez años del estallido, el filósofo Miguel Benasayag disertó en la provincia y se refirió a cómo Francia está observando ciertos valores locales para replicarlos. Habló del racismo en ese país
Diez años separan el estallido social de 2001 de la actual crisis financiera europea. Acortando esa distancia, el filósofo argentino Miguel Benasayag ata las dos puntas con el mismo lazo cuando cuenta que en Francia, donde vive, creen encontrar en la experiencia local una receta para afrontar el trance. “En el 19 y 20 de diciembre Argentina mostró un resorte fantástico de solidaridad que Europa no puede desarrollar, porque en una sociedad individualista el pobre es visto como un perdedor”, dijo en una pausa de la disertación que brindó el lunes pasado en Rosario.
El filósofo y psicoanalista fue convocado a un seminario por el Colegio de Profesionales en Trabajo Social. Es un ex combatiente del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), detenido en la última dictadura militar, que se exilió en Francia. Escribió más de 20 libros e integra allí un movimiento de resistencia frente a la expulsión de inmigrantes. Es impulsor de los laboratorios sociales, grupos de trabajo que desarrolla en Francia, Italia y Brasil y se entusiasma con trasladar a Rosario.
En un relato entre dos mundos, dialogó con UNO Medios sobre esas experiencias. Y brindó su lectura del diciembre negro, que tuvo en la provincia un trágico epicentro con nueve muertos en la represión a la protesta.
—¿Cómo son las experiencias comunitarias que motorizó en Francia en el último tiempo?
—Trabajamos con la marginalidad. No por bondad, sino porque los fenómenos sociales se comprenden en la periferia. Militamos en barrios de emigrados, desarrollamos laboratorios sociales donde los vecinos producen saberes en un pensar y actuar local. Son lugares que no tienen por ambición cambiar la época. Hay que contentarse con lo intensivo y lo micro.
—¿Hay una propuesta de trasladar ese modelo al país?
—Un grupo de trabajadores sociales de Buenos Aires trabaja en ese pensamiento y la idea sería articularlo en Rosario. Es un proyecto humilde, no propone un modelo del mundo. Y ambicioso, porque buscamos recuperar la potencia de actuar en una época marcada por la impotencia. El desafío es articular el deseo de cambio con la complejidad.
—¿Cuál es el eje de ese pensamiento?
—Se trata del fracaso de las sociedades modernas y posmodernas para integrar a los sectores marginales. La integración es una mentira para disciplinar a sectores oprimidos. Cuando se le dice a alguien que se integre, se le pide primero que se desintegre de su identidad. Es lo que pasa con los árabes y los africanos que vienen a Europa. Integrarse quiere decir ser un francés sometido al modo de pensamiento francés y se acepta como una cosa folklórica que seas negro. Ser negro es un pequeño detalle. Lo que en realidad se integra es una masa, una cantidad de energía para trabajar en lo que a la empresa le conviene. Tenés que ser flexible: abandonar tus costumbres, tu familia, tu país y convertirte en explotable. Ése es el modo de dominación actual.
—¿Cómo se paran las sociedades frente a la diferencia?
—Al que no se integra al modelo se lo patologiza: es un enfermo, un loco, un terrorista. El peligroso que amenaza a la sociedad. La diferencia se tolera si es un detalle. Un árabe que tiene todos los ideales franceses va a ser aceptado. Porque aceptó el modelo.
—¿También se puede decir que se patologiza al pobre?
—Claro, la pobreza se ha transformado en un tema de congresos. Hay una tipología del pobre, de lo que hace, de cómo actúa, casi como una raza del pobre. En esta sociedad individualista el pobre es un perdedor. Y es culpable de perder, porque esta sociedad tan fantástica te permite ser winner. La solidaridad en Francia está mal vista: la necesitás porque fracasaste. Acá por suerte, todavía, es un valor positivo. Pero el neoliberalismo rompe eso porque la gente acepta ese darwinismo social donde el que gana es por algo.
—¿Cómo se manifiesta el racismo en la actualidad?
—Hay una especie de nuevo apartheid: el country rodeado de villas, el barrio protegido. El muro del country es una ofensa, una violencia que se materializa en el urbanismo. Frente a eso nuestra posición filosófica es: “La sociedad es todo el mundo”. Un argentino y el último boliviano que acaba de venir son la sociedad. Y si llega a ser cierto que hay bolivianos que vienen a usar los hospitales, que sean bienvenidos. Porque yo como extranjero en Francia peleo por eso: que hasta el último árabe sea bienvenido. Allí la xenofobia es una realidad porque Europa trata de convertirse en una fortaleza que deja entrar a los esclavos que necesita. Hay un nuevo racismo, gravísimo, que es el racismo anti islam. Un enemigo fantasmático que no existe como unidad.
—¿Qué balance realiza del estallido de 2001?
—En Europa es muy interesante ver el 19 y 20 porque la ruptura con cierto capitalismo financiero, neoliberal, amenaza a todo el continente. Y la Argentina mostró un resorte fantástico de solidaridades, intercambio y sobrevida que Europa no va a poder desarrollar. En Europa miran a la Argentina con admiración –exagerada– y dicen: “Éstos se van para arriba, encontraron solidaridad, están en el progresismo”. Lo paradojal es que tratan de imitarla de un modo patético: hacen el trueque, pero es como un chiste. El francés está muy bloqueado para toda iniciativa porque durante 60 años vivió en el confort de un Estado que da todo. Falta ese espíritu argentino solidario de, pese a todo, seguir viviendo.


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