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Lunes, 19 de Diciembre de 2011
 

“La crisis institucional de 2001, hoy se siente con mucha fuerza”

El licenciado en ciencias políticas, Felipe Cervera, aseguró que los partidos políticos ya no volvieron a cumplir su función de vínculo entre la sociedad y el Estado. “Ése es un quiebre permanente”, dijo

Pasaron 10 años. El ruido de las cacerolas parece lejano, pero hay marcas de ese 19 y 20 de diciembre de 2001 que no se pueden –y no se deben– olvidar. Hoy, en el país, se realizarán diversos actos para recordar a las 39 víctimas fatales, de las cuales nueve son de la provincia (siete de Rosario, una de Santa Fe y una de Villa Gobernador Gálvez).
A una década de una de las mayores crisis que vivió la Argentina, el licenciado en ciencias políticas, docente de las universidades Católica y de Concepción del Uruguay, Felipe Cervera, analizó el diciembre negro. “La reflexión que uno puede hacer, en principio, es que aquello no fue sólo una crisis financiera, económica y social, sino también, y creo que es lo más importante, fue una crisis institucional y que en este momento se está sintiendo con mucha fuerza, aunque parezca mentira”, dijo.
“Aparte de toda la tragedia que se dio en esos días cuando se produjo el cacerolazo, los ataques a supermercados y comercios y las muertes, aquello produjo un quiebre en la Argentina en el sistema de vivencia de los partidos políticos. Hasta ese momento, los partidos cumplían ciertas funciones y después de la crisis, es como que desaparecieron. La gente dijo «Que se vayan todos» y hoy volvieron todos los políticos, pero no los partidos políticos. Y eso es distinto, porque los partidos hacen a lo institucional, a las instituciones permanentes”, explicó.
“Esa crisis –aseguró– puso en marcha lo que hoy se llama el asambleísmo, el movimientismo. La gente comenzó a moverse a través de los movimientos, ya sean piqueteros o de cualquier naturaleza. Hoy cuando hay un problema la gente ya no recurre a los partidos políticos. Directamente va a la asamblea, al piquete, a agruparse, sean 10, 100 o 500 personas y cortan una ruta para hacerse ver”.

—¿Qué perdieron los partidos políticos?
—Desapareció su función que era unir el problema de la gente con el Gobierno. Ya venía desapareciendo desde antes, pero lo de 2001 generó una crisis muy profunda en ese sentido. El cacerolazo también fue contra los partidos políticos y significó el derrumbe de los mismos. Hoy no pueden ni cumplen su función porque la velocidad de los procesos y de los cambios son tan rápidos que los partidos no tienen tiempo de dar respuestas. Lo que da respuesta es el movimiento, la asamblea, el piquete, el corte. Esto pareciera un hecho que se volvió estructural y que no va a pasar. Es permanente. Creo que es la consecuencia más importante que queda después de 10 años.

La crisis en el tiempo
Luego Cervera remarcó que la crisis la social, la financiera y la económica se superaron y que incluso Argentina está creciendo. “Queda la desocupación estructural que es algo que ya venía con Menem, no se inventó con el cacerolazo; quedó la indigencia, que ya venía con (Carlos) Menem; quedó la caída de los servicios públicos como salud, educación y seguridad, que también ya venía de la época de Menem, el neoliberalismo y la convertibilidad. Lo que quedó es esta quiebra institucional de los partidos políticos que creo que es permanente y lo que estamos viviendo es otra cosa. Es algo que se mueve y que no tiene una cara visible y lo único visible es el líder, llámese Cristina Fernández o como se llame”, aseguró.

—A propósito de lo que estamos viviendo, el kirchnerismo asegura que Néstor Kirchner le devolvió al país la militancia y la participación política, ¿cuál es su mirada?
—El cacerolazo, en la práctica, o la crisis de 2001 en la Argentina significó la ruptura entre la sociedad y el Estado. La sociedad dejó de confiar y pidió «Que se vayan todos». Era contra el Estado la protesta. Pero lo que hizo Kirchner, y es un mérito enorme de él, fue en realidad volver a recrear la relación entre Estado y sociedad. Lo hizo a través de esta cosa nueva que es profundizar el asistencialismo. En Argentina hay cerca de dos millones y medio de planes sociales contando las asignaciones como la Universal por Hijo. Hay 10 millones de personas, o tal vez más, que viven de eso. Eso también pareciera medio permanente. El kirchnerismo volvió a recomponer la relación entre el Estado y la sociedad, pero de una manera diferente. No a través de un partido político, sino a través de algo que se mueve, que es un movimiento. Por eso es que con Cristina o con el cristinismo, el partido Justicialista es como una cáscara, como un sello. Ella lo usa o no lo usa, pero lo que importa es el líder, lo que está detrás del líder y el movimiento que genera. Eso es lo que veo como una consecuencia permanente de aquella crisis de 2001.

—¿El cacerolazo fue una protesta que estaba vacía de contenido político?
—Creo que no había un contenido político. El cacerolazo fue un movimiento de clase media en contra del corralito que estableció (Domingo) Cavallo el 2 de diciembre de ese año. Por parte de la clase media fue una protesta desde el bolsillo. Mientras que desde los sectores populares que fueron los que producen los asaltos a los supermercados y a los comercios es una protesta social, porque la fuga de capitales que se estaba dando con mucha fuerza, producía un proceso inflacionario donde comenzaban a subir los precios, el sueldo no alcanzaba y salían a protestar. Ésa fue una protesta social, no política.

Un problema mundial
Cervera remarcó que la de 2001 fue una de las tantas crisis de la actual forma del sistema capitalista. “El cacerolazo es lo que se repite con los indignados, con la crisis de Grecia, España, Italia, Irlanda, Portugal. Es un virus negativo que tiene la actual forma de organización del capitalismo en el mundo, la globalización. Lo que pasó en 2001 fue una gota de agua comparado con lo que hoy es la crisis financiera en Europa, pero la causa es exactamente la misma”, aseveró.
“Así como en la Argentina surgieron los piqueteros –continuó–, el movimientismo, el cacerolazo, en Europa, cuando la crisis empieza a afectarlos, en España sobre todo porque se produce la crisis inmobiliaria como consecuencia de la que hubo en Estados Unidos, surgen los indignados. Después aparecen en Londres, Italia, Grecia, Croacia, Hungría, Estados Unidos. Ahora son desocupados. El cacerolazo fue de clase media, pero después, la protesta siguió en los barrios de Buenos Aires con los sectores populares que son los indignados de Europa y Estados Unidos”.

—¿Cuál es la diferencia con Argentina?
—La suerte de Argentina, en 2001, que no la tiene ninguno de los países europeos, fue que en enero de 2002, cuando subió Duhalde, y bien podría haber sido Juan Pérez, se derogó la ley de convertibilidad. Eso hizo que Argentina readquiera la soberanía sobre su moneda. Hoy ningún país de Europa puede hacerlo, están atados al euro y no pueden devaluar. Hace poco más de una semana Alemania y Francia impusieron la austeridad fiscal, no puede haber un déficit mayor al 3 por ciento del producto bruto en cada país. Les dijeron a los demás que se tienen que ajustar el cinturón, mientras no pueden devaluar para vender más al mundo. Argentina derogó la ley de convertibilidad, por suerte no estábamos dolarizados, devaluó, abarató los productos ante el mundo y empezó a exportar mucho. La otra gran suerte fue la diosa soja. En ese momento se convirtió en el boom del mundo porque China comenzó a demandar más aceite comestibles y otros productos. Entonces la Argentina se transformó en el gran productor de soja del mundo.
“Esos dos factores, poder devaluar y poder producir soja por disponer de la pampa, ventaja natural comparativa, no los tiene ningún país de Europa. Además, como estábamos tan endeudados, tuvimos la suerte que nadie nos quiso prestar plata. Como no nos prestaban, no nos endeudábamos más. Desde 2001 hasta hoy estuvimos viviendo de lo nuestro, con inflación de por medio, pero sin pedir prestado”, añadió.
“Devaluar fue fundamental, porque si España hoy pudiese devaluar, mañana sale de la crisis. Pero está atada al euro y a la regla fiscal rigurosa que impusieron Alemania y Francia. Inglaterra no quiso firmar eso porque quiere mantener su soberanía monetaria. Porque ante una crisis, si no hay soberanía monetaria, estás muerto. Por eso, Europa tiene un porvenir muy negro”, concluyó.