Santa Fe
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Viernes 30 de Julio de 2010
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Domingo, 18 de Julio de 2010
 

Un aniversario del ataque con el pedido de justicia en la garganta

El 18 de julio de 1994 la Asociación Mutual Israelita Argentina sufrió uno de los atentados más grandes de la historia. Hubo 85 muertos y más de 300 heridos en un caso sin culpables

Una fuerte explosión, seguida por un gigantesco hongo de humo y polvo, destruyó 85 vidas, 85 historias, 85 familias. En cuestión de segundos arrasó con la sede de la organización judía más emblemática de la Argentina y todo lo que estaba a su alrededor.
Pánico, ambulancias, gente corriendo, vidrios rotos cayendo de las ventanas de los edificios, cubriendo toda la calle. Gritos que surgían de la multitud mezclaban historias milagrosas y trágicas casualidades del destino.
Muerte por decenas, personas gravemente heridas trasladadas a centros asistenciales. Espontáneamente cientos de voluntarios se hacen presentes para ayudar, para contener, para compartir el llanto.
El mundo hizo escuchar su ira. El Gobierno argentino un silencio que dura hasta el día de hoy. La sociedad toda salió a la calle a decir basta.
La comunidad debía reorganizarse. El edificio de la calle Ayacucho 632 comenzó a funcionar como centro de reunión e información sobre las víctimas del atentado y sede de Amia y Daia. En poco tiempo las funciones esenciales se reanudaron, en especial las relacionadas con el servicio social. La comunidad, en medio de tanto dolor, respondía.
85 víctimas fatales, más de 300 heridos, un edificio con la historia judía de la Argentina destruido, una herida abierta que hasta el día de hoy no cierra.
El más horrendo acto antijudío después de la Segunda Guerra Mundial sucedió en la Argentina; en Pasteur 633. Era un 18 de julio de 1994. 9.53.

Un acto con el pedido de siempre
En el acto de ayer por los 16 años del atentando contra la Amia, el titular de la mutual judía, Guillermo Borger, pidió al Gobierno “profundizar la investigación de la conexión local” e insistió en la necesidad de “seguir reclamando justicia para que nuestros muertos descansen en paz”.
El primer orador del acto que se inició a las 9.53 –la hora del atentado– frente a la sede de la Amia en Once, también reclamó al Ejecutivo que “redoble los esfuerzos” para lograr la extradición de los iraníes acusados por el trágico hecho.

Justicia tardía no es justicia
Luego fue el juez español Baltasar Garzón quien se dirigió a la multitud agolpada frente al escenario. “La democracia es incompatible con la impunidad”, aseveró el magistrado, quien mostró su discrepancia con la demora en el conocimiento de la verdad al decir que “una justicia tardía no es justicia”. Asimismo, Garzón aseguró que “los resultados serán insuficientes si no se logran todas las respuestas y se agotan los mecanismos de sanción” a países involucrados, en obvia referencia a Irán.
Por último, Marina Degtiar, de la agrupación de familiares y amigos de los 85 muertos que dejó el atentado del 18 de julio de 1994, condenó “a quienes nos inventaron causas para escucharnos”. Aludió así a la causa de escuchas telefónicas ilegales a Sergio Burstein, integrante de la asociación, en la que está procesado Mauricio Macri. “Éste fue el precio que nos hicieron pagar –dijo– por reclamar la destitución de quien estaba al frente de la Policía Metropolitana (Jorge Fino Palacios), involucrado en el encubrimiento del atentado”.
Hoy, a las 9.30, también frente a la Amia habrá otro acto de “homenaje y reclamo de justicia”.

Dos caminos, la misma búsqueda
Dos semanas después del atentado a la Amia, un grupo de profesionales y jóvenes de la comunidad judía decidieron que había que hacer algo fuera del marco de las instituciones comunitarias e incluso al aire libre. Convocaron entonces un lunes a la Plaza Lavalle, frente al Palacio de Tribunales, a las 9.53, la misma hora en la que había explotado la bomba que se cobró 85 muertes.
“Allí nació Memoria Activa. En el primer acto todos estuvimos en silencio –recuerda Diana Malamud, actual miembro de la mesa directiva de la organización– después, un lunes llevó a otro y en la medida que pasó el tiempo, muchos familiares nos fuimos integrando a este marco”.
Tres meses y medio más tarde, familiares de las víctimas fatales comenzaron a juntarse en pos de crear un espacio propio y muchos de ellos integraron las dos organizaciones durante al menos dos años.
“Además de asistir cada lunes a la Plaza Lavalle, los familiares comenzaron a organizar un acto en lo que en ese momento era el pozo de la Amia”, cuenta Olga Degtiar, integrante de la Agrupación de Familiares y Amigos de las Víctimas del atentado a la Amia: “Yo, en ese momento no pude ir y le pedí a uno de mis hijos que asistiera, pero con el tiempo me animé a sumarme”.
Para 1996 comenzaron a surgir las primeras diferencias entre los familiares como consecuencia de las distintas miradas sobre la forma de presentarse como querellantes ante la Justicia.
“Algunos pensamos que debíamos buscar un abogado por nuestra cuenta y no depender de ninguna de las instituciones comunitarias judías, y otro grupo pensaba que había que compartir abogados con la Amia y con la Daia –explica Malamud– pero para nosotros esto nos iba a generar compromisos, y no queríamos tener compromisos con nadie más que con nuestra causa”.
Otro punto de conflicto fue la investigación. “Nosotros creímos en (Juan José) Galeano y en Jorge Palacios, y entendíamos que los fiscales nos decían la verdad, y los defendíamos a muerte y por culpa de esto nos enfrentamos con la gente de Memoria Activa que decía que todo esto estaba armado, que no tenía sustento. Las diferencias fueron tan fuertes que nos llevaron a abandonar la Plaza Lavalle, después de haber estado cada lunes allí durante años”, describe Sergio Burstein, de la Agrupación de Familiares y Amigos de las Víctimas del atentado a la Amia.
Y agrega: “Hoy no tenemos vergüenza en decir que nos equivocamos. Nosotros compramos, y lo que compramos fue pescado podrido. Cuando comenzó el juicio empezamos a ver que todo lo que se nos había dicho no se ajustaba a la verdad y no había posibilidad de demostrarlo”.
“Hay que vivir 16 años luchando, con amenazas, secuestros, teléfonos pinchados –apunta Burstein, quien perdió en el atentado a la mamá de sus hijos– muchas veces, nuestros familiares nos dicen: «ustedes pelean por los muertos pero se olvidan de los vivos». Yo, la única respuesta que tengo es que yo no peleo por los muertos, sino para haya justicia, para que no les pase a los que están vivos”.